Amores imposibles atados con alambre. Yo y vos desencontrándonos. Te quiero, mi vida, y lo acabo de descubrir.
Un ambiente que se corta con cuchillo, y a cada momento te odio un poquito más, y vos te reís como si nada, y yo te mando al carajo y me ofrezco a matarte.
Y que más te da, a vos te da todo igual. Si vos salís ileso, que importan los demás. Los valores por el piso y la humildad en el cajón, sin dudarlo. ¿Y a mí que tendría que importarme? Hace mucho que no tenemos nada que ver, a esta altura somos una sucesión de miradas que solo se quedan en eso, una que otra charla, uno que otro beso, y un ‘algo’ como respuesta a la pregunta del millón, que en nosotros no vale ni un duro.
Y que más me da, si aparentas que no te importo, ¿Por qué deberías importarme vos? El animo por el piso y la ingenuidad en el cajón. Nos resumimos a encuentros furtivos, que en resumes solo son eso, abrazos prolongados y una ínfima esperanza de reencuentro. Era todo más divertido, en esos encuentros se sentía la adrenalina, era como ser la amante, era tener el control, sin quitar la reconfortante sensación de estar hechos unas bolitas de nervios y saber que lo prohibido se vuelve tentador. Ceder a tentaciones siempre fue más fácil que rechazarlas, y es que siempre nos gusto el camino fácil, para no imaginar fantasmas era más fácil no esforzarse, no gastar energías en entendernos, asumiendo que era imposible.
Y como buenos polos idénticos, nos repelemos por voluntad propia, no volvimos más, chocamos más veces de las que puedo contar, y las voces nunca se callaron. Y los abrazos de desconocidos se volvieron más importantes, incluso los desconocidos eran más, una cama extraña remplaza lo irremplazable, y el calor de tu cuerpo ya nunca fue el mismo.
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