Siempre eludía el tema. No era de las que podía pasar horas y horas hablando de antiguas conquistas. Solo podía escucharte a ti diciendo como odiabas a las anteriores y saber, que no pensar, que algún día le tocaría estar en ese lugar. Sabia demasiado bien que hay cosas, heridas, de las que es mejor no hablar. De todas formas, el tema nunca le fue simpático, no entendía la inútil necesidad de saber todas aquellas a las que le habías pertenecido. El pasado era Tabú, y que tu lo mencionaras te hacia instantáneamente digno de su desprecio. Creció en un lugar donde el pasado era tu parte más importante, donde te juzgaban por lo que en momentos desesperados habías hecho. Por lo que fuiste y no por lo que eras. Irónicamente, por eso te eligió a ti, porque le recordabas a casa, a esos pequeños momentos en que podías empezar de cero. Siempre perdido en tu mundo, en aquello que pretendías pero nunca llegarías a ser. Eras tal y como ella. Nacidos en momentos y lugares equivocados, y no hay nada peor que eso. Tu, un alma pobre en un mundo de ricos. Ella, no lo recordaba, solo sabia lo que decían, la palabra ‘equivocación’ era la que más sonaba, la que nadie se cansaba de repetir. Que no era un momento para ninguno de los dos. Y que si en algo estaban de acuerdo era en que los habían cambiado, ella pensaba que el tendría que estar ahí en ese momento, un lugar tan pobre como el alma del mismo. Y el solo quería una puerta de escape.
En fin, ni el uno era para la otra, ni la otra era para el uno. Pero no importaba, ella nunca creyó en las casualidades. Por eso nunca entendió porque te fuiste, nunca te creyó. Ya se sabia de memoria el cuento de la confusión. Nunca entendió tu cobardía al despedirte, ni entendió esa carta. Que te fueras a ‘probar suerte’ con ella, ya era malo, pero que fuera una puta de Burdel, solo empeoraba las cosas.
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